
Yo siempre perdía al juego de las sillas y no porque fuera dura de oído. Al revés diría yo. Me entusiasmaba demasiado con la música, y claro, perdía, perdía siempre. Quizás por eso cuando mi hijo en la guardería el día de la fiesta de fin de curso no ganó en el juego de las sillas a mí me dio más rabia que a él. Lo disimulé, le dije que había jugado muy bien y que poco faltó para ganar, pero me hubiera comido al sabiondo que le quitó la silla en el último segundo relegando a mi hijo al tercer puesto.
Y es que hay que ser un poco listillo y no dejarse envolver por la música, por muy pegadiza o atractiva que sea. Hay que tener los sentidos bien alerta, pues en cualquier momento el maestro de ceremonia, el profesor, el regente, el que mueve los hilos a su antojo puede detener la música y tú verte de pronto de pie sin ninguna silla libre que ocupar, mientras todos sentados miran prepotentes cómo te has quedado sola, fuera del juego, apartada ya para siempre como la fracasada que eres.
Otro juego perdido, y sólo por pensar que todos jugarían como tú, disfrutando, corriendo, saltando y sin pensar que en cualquier momento, sin previo aviso y a traición, la música puede cesar de golpe.





